2018/06/04 Política

ESTRENANDO PANTALONES LARGOS

Argentina
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"TODA REVOLUCIÓN, CON SUS EXCESOS, LO MISMO QUE TODA GUERRA CIVIL, DESPLIEGA LOS TALENTOS MÁS ESCONDIDOS. HACE SURGIR A HOMBRES EXTRAORDINARIOS QUE DIRIGEN A OTROS HOMBRES ... SE TRATA DE REMEDIOS TERRIBLES, PERO NECESARIOS". - ARTURO PÉREZ-REVERTE

A esta altura de nuestra historia, convendría que nos preguntáramos
todos si, esta vez, estamos dispuestos a modificar el siniestro rumbo de
colisión que hemos mantenido, como sociedad, durante más de siete
décadas o si, por el contrario, volveremos gozosos a él en octubre de
2019.

Tal como era previsible, porque siempre ha sido así, el peronismo,
jamás resignado a transitar el desierto, unió a todos sus caciques
-algunos teóricamente "racionales"- de todas las procedencias y,
juntos, lograron que el H° Aguantadero Nacional le pegara un tiro al
país sólo para esmerilar a Mauricio Macri y al gobierno que encabeza.

Sin mayores deserciones, en el mayoritario pelotón suicida se
inscribieron los "dialoguistas" de Miguel Pichetto y Diego Bossio, los
renovadores de Sergio Massa, los destituyentes del kirchnerismo más
rancio, y lo peor del submundo delincuencial provinciano (vgr., José
Alperovich) que aún conserva el poder feudal en las zonas más
pauperizadas de nuestra geografía.

LLevaban dos años tratando de convencer a todos de lo irreparable de su
separación, y de la vocación patriótica de algunos a buscar una
solución para los siderales problemas que dejara la última "década
ganada". Muchos de ellos siguen mamando de la gran teta del Estado
Nacional, aprovechando la juvenil ingenuidad de los jóvenes del PRO que
ignora todavía un viejo apotegma de la política vernácula: "al
peronismo se le cobra primero, y se le paga en cuotas"; particularmente,
Carolina Stanley debiera investigar de dónde salió el dinero que ayer
y siempre financian la movilización de las organizaciones piqueteras.

Hace relativamente poco charlaba con un connotado jerarca del PJ que ha
utilizado todas sus diferentes camisetas desde los inicios de su carrera
política, muchos años atrás. Me sugirió hacerme peronista; le
respondí que, en realidad, llevaba un tiempo pensándolo, pero que no
sabía a cuál de los peronismos debía sumarme y, dado que él había
transitado por todos, le pedí consejo: al del primer Perón, de
Cámpora, del segundo Perón, de Isabel y López Rega, de los
Montoneros, de Menem, de Duhalde, de Kirchner o de Cristina Fernández;
cuando percibió mi ironía, se enojó y nunca más cruzamos palabra. Es
siempre así: cambia el director técnico, pero los jugadores son los
mismos, aunque alguna vez se hayan matado entre ellos. Y el país que
hoy tenemos es, sin ninguna duda, el que tantas décadas de populismo,
amoralidad y saqueo nos dejaron, con nuestra obvia complicidad.

Ayer, en la ciudad de Buenos Aires, toda esa historia se repitió. Allí
formaron, después de despellejarse mutuamente en público, personajes
nefastos como Hugo Moyano y sus camioneros, Roberto Baradel y sus
"trabajadores de la educación", Sergio Palazzo y sus bancarios, los
fanáticos "metrodelegados", los "papistas" Gustavo Vera y Juan Gabrois,
el "pacífico nobel" Adolfo Pérez Esquivel (llamó a derrocar al
Gobierno), el inefable Hugo Yatski y Pablo Micheli con sus respectivas
CTA, La Cámpora, algunos notorios integrantes de Unión Ciudadana CFK,
las soñadoras y compartidas Madres de Plaza de Mayo, varias mujeres
portando pañuelos verdes abortistas y, por supuesto, toda la fauna
roja-rojita que pondera a Cuba y Venezuela pero no se mudaría en
ningún caso a esos paraísos socialistas. Sin atreverse a subir al
palco y salir en esa terrible foto, asistieron también Juan Carlos
Schmid y Héctor Daer, integrantes del triunvirato que lidera, por
ahora, a la CGT.

El fulminante veto presidencial al adefesio legislativo sancionado el
miércoles, que pretendía retrotraer las tarifas de energía a
diciembre de 2017, lo cual implicaba un costo adicional fiscal para el
Estado de ciento quince mil millones de pesos sólo para este año,
permitió que pudiéramos ver a otro Mauricio Macri, bien diferente al
que conocíamos, modelo zen y permantente optimista.

Era tiempo, porque la enorme porción de la ciudadanía que lo
acompañó en la loca aventura de ganar las elecciones presidenciales de
2015, y ratificó su apoyo en las legislativas del año pasado, estaba
comenzando a arrepentirse de haberlo hecho ante la manifiesta
pusilanimidad para controlar la calle que demostraron, al menos hasta
ayer, quienes administran los distritos más calientes.

De todas maneras, no creo que cejen en sus confesas intenciones de
derribar al Gobierno; el acto fallido del Senador tucumano durante el
debate no hizo más que demostrarlo: "nadie quiere que a Macri le vaya
bien". Es que, muchos de ellos tienen claro que, además de haber
perdido el poder y de la posibilidad de seguir saqueando el país, se
están arriesgando ya a entregar la libertad y las pestilentes e
inexplicables fortunas acumuladas y claro, ¡con eso no se juega!

Mientras escuchaba al mugriento líder de los maestros despotricar
contra el ¿ajuste?, el "plan económico" y el veto a la ley de
retrotracción de las tarifas de energía, mientras convocaba a un paro
general contra éste y contra la reciente recurrencia al FMI, y a todos
los otros oradores que se expresaron en igual sentido en Plaza de Mayo,
me asaltaron varias preguntas.

¿Tan imbéciles nos consideran a los demás?, ¿piensan que no
recordamos el veto de Cristina Fernández a la ley que pretendía
consagrar el 82% móvil a las jubilaciones?. Pero las cuestiones más
serias eran otras, ya que se vinculan con el futuro y no con el cínico
oportunismo que, milagrosamente, una parte de la sociedad parece haber
dejado atrás.

Supongamos, por un momento, que las próximas elecciones las ganara
algún peronista, cualquiera de ellos, y éste comenzara a gobernar un
país que habría confirmado así su vocación suicida. Aún cuando los
reclamos en la calle cesaran instantáneamente, ¿cómo generaría,
transportaría y distribuiría la energía que necesitará regalar?, ¿a
quién le pediría el dinero necesario para financiar el gasto
público?, ¿qué inversores aceptarían correr el riesgo de venir a la
Argentina?, al no poder obtener fondos externos ¿cuánto dinero
precisaría emitir?, ¿qué cotas de inflación se alcanzarían?,
¿quiénes pagarían las jubilaciones y pensiones?, ¿y los sueldos de
los millones de empleados públicos?, ¿cuánto volverían a caer las
producciones de granos y carnes?, ¿qué y a quién exportaría el
país?.

Porque eso es, exactamente, lo que está sucediendo en Venezuela que,
muerta de hambre, ha visto huir del país a un porcentaje enorme de sus
ciudadanos más preparados; basta para confirmarlo la rapidez con que
obtienen trabajo en Buenos Aires. Una notable comprobación: mientras en
Plaza de Mayo las hordas aúllan contra la imposibilidad de conseguirlo
y, por ello, siguen exprimiendo planes sociales que tercerizan los
punteros, los inmigrantes saben dónde buscarlo, y siempre "en blanco";
las empresas grandes, medianas y pequeñas que han tomado a estos
empleados ya se cuentan por cientos.

Como sociedad, ha llegado la hora dejar nuestra infancia atrás y de
ponernos los pantalones largos, asumir que tenemos el destino en
nuestras propias manos, que ya no hay a quien echarle la culpa de
nuestra decadencia, y comenzar todos juntos a trabajar por un mejor
futuro.

Por Dr. Enrique Guillermo Avogadro
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